Estos días de Semana Santa la estoy viviendo a mi manera y quizás desde otro lugar diferente a lo establecido.
No hay normas, no hay teoría (no me interesa), no hay prisa, no hay lugares establecidos… Hoy me permito el tiempo de vivirme y sentirme.
Me encanta visitar lugares de poder y en estos días quise ir a Montserrat, es lo que tengo más cerca y sólo quise dejar ir lo que siento sin pedir explicación.
Fui a mi capillita, la que se llena de orbes de colores gracias al ventanal donde está San Miguel. Me siento delante de él. Miro las columnas de mármol teñirse de bolas de colores. Hay silencio a pesar del movimiento de gente.
Cierro los ojos y siento a Jesús. Me sorprendo porque no suelo sentirlo. Siento su sufrimiento, su dolor, su entrega y a pesar de todo, me siento feliz. Siento paz y felicidad… y sonrío.
Sube mi vibración e integro estas sensaciones que he tenido.
Cierro de nuevo los ojos y siento a María Magdalena y esta vez sólo siento amor. Un amor que nace en el centro del pecho hasta que abarca todo mi cuerpo. Es un amor suave, real, que llena mi cuerpo, mis células y mi piel. Y de nuevo sólo pude sonreír.
Me tomé tiempo en este espacio para integrar estas sensaciones, esta nueva vibración, sin cuestionarme nada de lo que sentía.
Cuando estuve preparada salí, compré unas velas y me fui a la montaña, buscando mi rincón favorito para colocar mis cristales en el altar de piedra y seguir leyendo mi libro El Retorno al Grial.
Anduve entre el sol, el frío y el mucho viento que hacía. Estaba calmada y feliz, sin entender nada, pero feliz.
Creo que ese día entendí algo: Jesús y María Magdalena forman una unidad, una unión sagrada.
Jesús sufrió y se entregó al dolor y Magdalena estuvo ahí para sostenerlo con su amor.
Un amor que no es de hombre o mujer, es un amor que trasciende el cuerpo y las circunstancias.
- Un amor que brota en cada poro de tu piel.
- Un amor que nació mucho antes de este día.
- El amor crístico. La unión de lo sagrado.
Y entonces comprendí que quizá eso es lo que realmente estamos recordando en estos días.
No una historia externa.
No un hecho del pasado.
Sino un movimiento interno.
Una parte de nosotros que aún resiste, que aún duele, que aún se aferra…
y otra parte que sostiene, que abraza, que ama sin condiciones.
Jesús no es sólo el dolor.
Magdalena no es sólo la presencia amorosa.
Son dos fuerzas que viven dentro de nosotros.
Dos energías que se encuentran cuando dejamos de huir de lo que sentimos.
Quizá por eso esta Semana Santa la estoy viviendo así.
Sin buscar fuera.
Sin intentar entender.
Sólo sintiendo.
Porque hay algo en este tiempo que nos invita a parar.
A mirar hacia dentro.
A permitir que algo caiga… y que algo nazca.
Y no siempre es cómodo.
Hay momentos en los que aparece el cansancio, la tristeza, incluso cierta incomodidad difícil de nombrar.
Pero también hay instantes —como el de hoy— en los que todo se ordena sin esfuerzo.
Donde el cuerpo se calma.
Donde el corazón se abre.
Donde simplemente estás… y eso es suficiente.
Hoy no he necesitado respuestas.
Ni teorías.
Ni explicaciones.
Sólo sentir.
Sentir el frío del viento en la cara.
El silencio entre las rocas.
La presencia de algo más grande que yo… que no necesito definir.
Y quizás de eso va todo esto.
De permitirnos vivir lo sagrado sin tener que nombrarlo.
De dejar de buscar fuera lo que ya se está moviendo dentro.
De recordar que el amor —cuando es real— no necesita forma, ni etiqueta, ni historia.
Sólo presencia.
Hoy vuelvo a casa distinta.
Más en paz.
Más en mí.
Más conectada con algo que no sabría explicar… pero que sé que es verdad.
Y mientras escribo esto, sonrío.
Porque quizás no hay nada que entender.
Sólo hay que vivirlo.
Y mientras caminaba de vuelta, con el cuerpo aún lleno de esa sensación de calma y de amor, algo dentro de mí hizo clic.
Porque todo lo que había sentido… no era nuevo.
Era un recuerdo.
Un recuerdo profundo de algo que ya conocía, aunque no siempre sepa nombrarlo.
El Grial.
Durante mucho tiempo hemos pensado en el Grial como un objeto, como un misterio escondido en algún lugar.
Pero el Grial no está fuera.
El Grial es ese espacio interior donde el dolor y el amor se encuentran.
Donde la herida no se niega, pero tampoco se rechaza.
Donde todo puede ser sostenido.
Jesús encarna ese camino de entrega, de atravesar el dolor.
María Magdalena encarna el amor que sostiene, que recoge, que honra.
Y cuando ambas energías se unen…
nace el verdadero Grial.
Un estado de conciencia.
Un espacio interno donde todo cobra sentido sin necesidad de explicaciones.
Quizá por eso este año lo he sentido así, sin buscarlo.
Porque el Grial no se encuentra.
Se recuerda.
Y en ese instante comprendí que todo lo que he escrito en El Retorno al Grial no es sólo una idea, ni un camino teórico.
Es algo que se vive.
Algo que se activa cuando dejas de buscar fuera… y empiezas a habitarte de verdad.
Cuántas cosas se estaban moviendo en mí gracias a este libro que ahora leo y siento diferente.
El Grial no es algo que se busca fuera: es el instante en que tu herida y tu amor dejan de separarse… y por fin te reconoces entera.
Si quieres profundizar en este camino interior, puedes encontrar más en mi libro El Retorno al Grial
👉 Puedes encontrarlo aquí: EN AMAZON
Gracias por leer y caminar conmigo
© Pilar Zuheros. Las imágenes y textos de este artículo están protegidos por derechos de autor. Si compartes, por favor, nombra a la autora. Gracias.

Deja una respuesta