Hay lugares que aparecen en los mapas. Y hay otros que parecen existir también en algún rincón del alma.
Saintes-Maries-de-la-Mer pertenece a esa segunda categoría.
Situado junto al Mediterráneo, en el corazón de la Camarga francesa, este pequeño pueblo blanco atrae cada año a miles de peregrinos, viajeros, curiosos y buscadores espirituales. Algunos llegan por su belleza. Otros por la historia de María Magdalena y las Santas Marías. Y muchos lo hacen atraídos por una figura tan misteriosa como fascinante: Sara la Kali.
Yo llegué por ella.
O quizá debería decir que fue ella quien me llamó.
Un lugar donde historia, leyenda y tradición se encuentran
Saintes-Maries-de-la-Mer es conocido por conservar una de las tradiciones más singulares del sur de Francia.
Según la tradición provenzal, tras la muerte de Jesús, varias figuras vinculadas a los primeros tiempos del cristianismo habrían llegado por mar a las costas de la actual Camarga. Entre ellas se encontraban María Salomé y María Jacobé, conocidas como las Santas Marías, María Magdalena, Sara su hija, Marta, Lázaro, José de Arimatea, Maximim…
Con el paso de los siglos, una tercera figura comenzó a ocupar un lugar especial en la devoción popular: Sara.
Su nombre ha dado lugar a numerosas interpretaciones. Para algunos es una sirvienta de las Santas Marías. Para otros, una mujer de origen noble. Para la comunidad gitana, que la venera profundamente, es una protectora, una madre espiritual y una figura cercana capaz de escuchar las plegarias más sencillas y más humanas.
Sea cual sea su origen histórico, lo cierto es que su presencia sigue viva.
Y eso es algo que se percibe en cuanto uno cruza las puertas de la iglesia.
La cripta de Sara
La iglesia fortificada de Saintes-Maries-de-la-Mer domina el pueblo desde hace siglos.
Miles de visitantes recorren cada año sus naves de piedra. Sin embargo, para muchas personas el verdadero corazón del lugar se encuentra bajo tierra.
En la cripta.
Allí se encuentra la imagen de Sara la Kali.
Oscura, sencilla y profundamente humana.
No es una figura distante ni inaccesible. Tampoco transmite la solemnidad de ciertos iconos religiosos. Hay algo cercano en ella. Algo que invita a permanecer unos minutos en silencio.
Durante mi visita observé cómo personas de diferentes edades y procedencias se acercaban a ella con respeto. Algunos dejaban flores. Otros permanecían inmóviles. Otros simplemente contemplaban la imagen sin decir una palabra.
Comprendí entonces que la fuerza de ciertos lugares no siempre reside en lo que vemos, sino en lo que despiertan dentro de nosotros.
La fiesta de Sara y la bajada al mar
Cada 24 y 25 de mayo el pueblo vive uno de los acontecimientos más importantes de su calendario.
Miles de peregrinos llegan para participar en las celebraciones dedicadas a Sara la Kali y a las Santas Marías.
Tuve la fortuna de estar allí durante esos días.
La emoción comienza mucho antes de la procesión.
Las calles se llenan de expectación. Los balcones se adornan. Los visitantes llegan desde distintos puntos de Europa. Y poco a poco se crea una atmósfera difícil de describir.
Cuando la imagen de Sara abandona la iglesia, algo cambia. La fe y devoción sostiene a todas las personas presentes.
No importa si uno es creyente, espiritual, curioso o simplemente observador. Hay una intensidad especial en ese momento.
La imagen avanza entre la multitud, por las calles del pueblo, hasta llegar a la playa.
El mar se convierte entonces en protagonista.
Los caballos blancos de la Camarga avanzan entre las aguas. Las personas acompañan a Sara. El Mediterráneo brilla bajo el sol. Y durante unos instantes parece que pasado y presente se encuentran en un mismo espacio.
He visto muchas fotografías de esta ceremonia.
Ninguna consigue transmitir lo que se siente al estar allí.
Cuando empiezan a aparecer las pequeñas señales
A menudo imaginamos que las experiencias espirituales deben ser espectaculares.
Sin embargo, las que más nos transforman suelen ser discretas.
Ocurren en silencio.
Una mañana me encontraba en la plaza junto a la iglesia. Era temprano. Apenas había gente. Permanecía de pie observando el entorno cuando un gorrión se posó sobre mi hombro.
Después pasó a mi mochila.
Permaneció allí unos segundos y luego se marchó.
Varias personas que lo vieron comentaron que era algo poco habitual.
Yo sonreí.
No porque creyera haber recibido un mensaje extraordinario, sino porque hay momentos que parecen abrir una pequeña grieta en la rutina y recordarnos que la vida sigue siendo capaz de sorprendernos.
Otro día apareció una pequeña concha rosa iridiscente sobre mi toalla en la playa.
Precisamente una de esas conchas que siempre me han gustado.
Quizá fue casualidad.
Quizá no.
Con los años he aprendido que no siempre es necesario elegir entre ambas posibilidades.
Algunas experiencias simplemente merecen ser contempladas.
“Esto es imposible”
Durante el viaje hubo una frase que escuché repetidamente.
La pronunciaba mi marido.
“Esto es imposible.”
Lo decía ante determinadas coincidencias, encuentros inesperados o situaciones que parecían encajar de forma casi perfecta.
Y creo que esa frase resume bastante bien lo que ocurre en Saintes-Maries-de-la-Mer.
No porque sucedan milagros espectaculares.
Sino porque el lugar nos recuerda algo que solemos olvidar.
Que la realidad es más amplia de lo que creemos.
Que todavía existen espacios donde la razón convive con el misterio.
Y que algunas experiencias no necesitan explicación para resultar valiosas.
Lo que me llevé de Saintes-Maries-de-la-Mer
Regresé a casa con fotografías, recuerdos y nuevos proyectos.
Pero sobre todo regresé con una sensación.
La sensación de haber visitado un lugar donde la memoria sigue viva.
Una memoria que no pertenece únicamente a la historia o a las leyendas.
También pertenece al corazón humano.
Quizá por eso tantas personas vuelven una y otra vez.
Porque Saintes-Maries-de-la-Mer no es solamente un destino.
Es una experiencia.
Un umbral.
Un recordatorio de que todavía existen lugares capaces de despertar asombro, belleza y significado en medio de un mundo cada vez más acelerado.
Y tal vez ese sea el verdadero regalo de Sara la Kali.
Recordarnos que la magia no siempre consiste en encontrar algo extraordinario.
A veces consiste simplemente en volver a mirar el mundo con los ojos abiertos.
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Gracias por leer y caminar conmigo
© Pilar Zuheros. Las imágenes y textos de este artículo están protegidos por derechos de autor. Si compartes, por favor, nombra a la autora. Gracias.
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